LA DIGNIFICACIÓN DEL ARTISTA COMO DEUDA PENDIENTE
Por: Trinidad Pacheco Bayona.
En Ocaña, la Escuela de Bellas
Artes siempre ha sido un referente cultural, un espacio donde generaciones
enteras han encontrado un lugar para crear, aprender y transformar su
sensibilidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, sigue siendo doloroso escuchar
voces de auxilio provenientes de quienes hacen posible que las artes respiren
en la región: sus artistas, docentes, estudiantes y trabajadores culturales. La
reciente convocatoria para Matilda, el musical reaviva un debate que,
lejos de agotarse, necesita ser abordado con seriedad y responsabilidad
institucional.
Si bien el proyecto generó
entusiasmo en algunos sectores, también dejó al descubierto tensiones internas
que ponen en riesgo el bienestar de los participantes. Diversos artistas
vinculados al proceso han expresado inconformidades relacionadas con el ambiente
de los ensayos, señalando prácticas que consideran inadecuadas para un proceso
formativo y creativo: gritos, trato impulsivo, expresiones que interpretan como
descalificadoras y una metodología que no responde a los principios pedagógicos
que un montaje de esta envergadura exige. Estas percepciones, más allá de
nombres propios, merecen ser escuchadas por la Universidad Francisco de Paula
Santander Ocaña, porque afectan la calidad del proceso y la dignidad de quienes
ponen su talento al servicio de la escena.
La dirección artística de
cualquier producción requiere, además de conocimientos técnicos, una
sensibilidad humana capaz de acompañar, orientar y potenciar las capacidades
del elenco. El arte no se construye desde la humillación ni desde la imposición
temperamental, sino desde la paciencia, la escucha y la pedagogía. La región
cuenta con artistas de trayectoria, dedicación y compromiso, es fundamental
que los espacios institucionales que los convocan garanticen ambientes
respetuosos, seguros y coherentes con los valores que desean representar ante
el público.
Mi intención al escribir estas
líneas no es señalar ni destruir, sino invitar a la reflexión: la dignificación
del artista no es un lujo, es una necesidad ética. Ocaña tiene un potencial
inmenso en sus creadores, pero ese potencial solo florece cuando los procesos
están bien acompañados, cuando se reconoce el valor del trabajo artístico y
cuando las metodologías aplicadas fortalecen, en lugar de quebrar la confianza
del grupo.
Que esta situación sirva como una
oportunidad de mejora. Que la institución revise, escuche, dialogue y ajuste.
Que los responsables de dirigir proyectos artísticos comprendan la enorme
responsabilidad que implica orientarlos. Y que los artistas, estudiantes y
docentes encuentren escenarios donde el respeto, la formación y la inspiración
sean la base del trabajo diario.
Porque el arte dignifica, pero también debe ser digno. Solo así podremos seguir avanzando, aprendiendo y construyendo una escena cultural que honre a quienes la sostienen con su esfuerzo silencioso y su talento inmenso





