miércoles, 29 de abril de 2026

CRÓNICA DE UN 29 DE ABRIL QUE NOS INTERPELA

Por: Trinidad Pacheco Bayona.

Hoy, 29 de abril, el calendario nos recuerda que el cuerpo también tiene memoria. No la de los archivos ni las fechas, sino la que se escribe en el gesto, en el salto, en la pausa. El Día Internacional de la Danza —instituido en 1982 por el Comité Internacional de Danza de la UNESCO— no es solo una efeméride: es un acto de resistencia silenciosa que celebra el nacimiento de Jean-Georges Noverre, pionero del ballet moderno.

Pero más allá de la historia, esta fecha nos convoca a preguntarnos: ¿qué dice nuestra danza sobre quiénes somos y cómo nos tratamos?

En tiempos donde la inmediatez digital reduce el arte a un scroll, la danza insiste en lo lento, en lo presente, en lo encarnado. Como señala la celebración de este 2026, el movimiento es un espacio de bienestar, libertad compartida y convivencia. Y aquí radica su potencia política: bailar no es solo ejecutar pasos; es afirmar que el cuerpo propio y ajeno merecen respeto, escucha y pedagogía. Paula Hung, creadora queer que trabaja desde la autenticidad para elevar voces marginadas, nos recuerda —aunque sea desde otro formato— que el arte no puede ser neutral. Cuando la danza se convierte en herramienta de inclusión, deja de ser espectáculo para volverse diálogo. Y ese diálogo exige condiciones: espacios seguros, formación ética, remuneración digna para lxs artistas. Porque no hay celebración posible si detrás del aplauso hay explotación, silenciamiento o falta de reconocimiento.

La coreógrafa Crystal Pite, autora del mensaje oficial del Día Internacional de la Danza 2026, probablemente lo sabe: la danza contemporánea no refleja pasivamente la sociedad; la interpela, la cuestiona, la transforma. Bailar es, en este sentido, un acto de ciudadanía. Es decir "estoy aquí", "mi cuerpo importa", "mi historia cuenta". Y cuando ese "yo" se multiplica en colectivos, en comunidades, en territorios como los nuestros o en diásporas como la venezolana, la danza se vuelve mapa de pertenencia.

Pero cuidado con la folklorización vacía o la estética desprovista de sentido. La danza que dignifica no instrumentaliza; no usa el cuerpo como adorno, sino como sujeto. Requiere enfoques pedagógicos respetuosos, que formen no solo técnicos, sino seres críticos y sensibles. Como bien apuntan investigaciones recientes, bailar promueve empatía, cooperación y habilidades sociales que trascienden el escenario.

Hoy, mientras el mundo celebra con funciones, talleres y redes sociales, propongo una pausa reflexiva: ¿estamos construyendo una cultura dancística que protege a quienes la hacen posible? ¿O seguimos celebrando el gesto mientras ignoramos al gestante?

La danza no necesita más aplausos superficiales. Necesita políticas públicas, presupuestos, formación con perspectiva ética y, sobre todo, la convicción de que el arte es un derecho, no un lujo. Que este 29 de abril no termine en likes, sino en compromisos. Porque cuando el cuerpo baila con dignidad, toda la sociedad se eleva.

 

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